Inicio » Todos los artículos de UNO » Revista digital » Lo que queda cuando todo se derrumba | La voz del yo #22 | Alexandra Șchianu

Alexandra Șchianu escribe un artículo sobre el desapego y el espacio que se abre cuando tenemos el valor de soltar aquello que ya ha cumplido su propósito: relaciones, roles, vínculos o versiones de nosotros mismos que ya no pueden acompañarnos.

Octubre tiene algo especial que se percibe antes de poder explicarlo. Podría ser la luz cambiante, el aire más fresco o la sensación de que los días se acortan. Pero más allá de todo eso, hay un cambio más difícil de definir: es como si algo en nuestro interior comenzara a replegarse. Tras meses en los que la vida transcurría más al aire libre, el otoño trae consigo un ritmo diferente. Quizás nos movemos menos, pasamos más tiempo en casa y, a veces sin darnos cuenta, conectamos más con nuestro interior.
Quizás por eso el otoño tiene algo de melancólico. No necesariamente porque sea una estación de pérdidas, sino porque nos hace más conscientes del paso del tiempo. Algunas cosas que parecían importantes hace unos meses ya no tienen la misma intensidad. Algunos planes se han quedado en el olvido, algunas relaciones han cambiado, algunos deseos se han desvanecido o han dado paso a otros. Y lo que durante el verano podía quedar oculto por el movimiento y el ruido, ahora resulta más difícil de ignorar.
Los árboles hacen esto sin generar problemas en el cambio. Se desprenden de lo que ya no necesitan y concentran su energía en lo que queda. No se aferran a sus hojas a toda costa, ni consideran la llegada del invierno un fracaso. Para ellos, existe un ritmo natural en el que algunas cosas deben desaparecer para que la vida pueda continuar.

A menudo necesitamos más tiempo para aceptar lo mismo.

¿Qué es lo que nos cuesta dejar ir?

Hay cosas a las que nos aferramos mucho después de que hayan cumplido su propósito. No siempre porque ya no nos hagan bien, sino porque nos hemos acostumbrado a ellas. Una relación, un proyecto, un rol, una imagen de nosotros mismos o incluso una determinada versión de la vida pueden volverse tan familiares que dejarlas ir parece más difícil de imaginar que continuar.

Y aquí surge una diferencia importante entre lo que sigue vivo y lo que simplemente continuamos apoyando.
A veces sabemos que algo ha terminado, pero aun así invertimos energía en mantenerlo. Lo intentamos una vez más. Lo explicamos una vez más. Lo arreglamos una vez más. Esperamos una vez más. Hacemos un plan más. Nos decimos a nosotros mismos que tal vez las cosas cambien si hacemos algo diferente. Y la perseverancia, que en muchas situaciones es una cualidad, puede convertirse en una forma sutil de no aceptar la realidad.
Quizás una de las experiencias más difíciles sea reconocer que algunas cosas ya no pueden funcionar simplemente porque seguimos queriendo que funcionen.
En terapia, a menudo nos topamos con este tema. Una persona acude porque está sufriendo, pero lo que la mantiene estancada no siempre es solo lo que le ocurre en el presente. A veces, es la conexión entre lo que está experimentando ahora y lo que ya ha invertido en ello. Cuanto más tiempo, esperanza, energía e identidad hayamos dedicado a una relación o un proyecto, más difícil puede ser aceptar que ese camino ya no nos pertenece.

Rendirse puede sentirse como una pérdida no solo de la cosa en sí, sino también de una parte de nosotros mismos.

Cuando nos convertimos en lo que hacemos por los demás

Quizás de ahí provenga la dificultad de desprendernos de ciertas cosas. Porque no solo nos aferramos a relaciones o proyectos. A veces también nos aferramos a la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Somos quienes resolvemos los problemas. Quienes no nos rendimos, quienes cuidamos, quienes logramos nuestros objetivos. En quienes los demás pueden confiar. Con el tiempo, estos roles se integran tanto a nuestra identidad que resulta difícil imaginar cómo sería dejar de ser así.

Para algunas personas, cuidar de los demás se convierte en una forma de sentirse necesarias. Para otras, el desempeño les brinda una sensación de valía. Para otras, el control y la organización son maneras de crear seguridad. Todos estos mecanismos tuvieron un propósito en algún momento. Nos ayudaron a funcionar, adaptarnos, obtener reconocimiento o superar momentos difíciles.

El problema surge cuando lo que antes era un recurso se convierte en nuestra única forma de subsistencia.

Cuando ya no podemos simplemente ser, queremos hacer. Cuando el tiempo libre nos genera ansiedad. Cuando, tras el final de una relación o un proyecto, nuestro primer impulso es buscar algo nuevo de inmediato. Cuando un vacío se vuelve tan incómodo que sentimos la necesidad de llenarlo antes de tener tiempo de ver qué hay en él. Últimamente, también he notado en mí este impulso de buscar rápidamente qué viene después cuando algo termina. No es necesariamente algo malo. Seguir adelante es parte de la vida. Pero he empezado a preguntarme si, a veces, nos apresuramos a lo siguiente precisamente porque nos resulta difícil permanecer en el espacio entre dos etapas.

En ese espacio no tenemos nada que reparar ni nada nuevo que construir todavía. Y es precisamente por eso que puede resultar tan incómodo.

El espacio que queda

Cuando algo termina, solemos centrarnos en lo que hemos perdido. Es más difícil percibir el espacio que ha surgido.

Puede ser un momento en el que ya no existe el mismo ajetreo, las mismas reuniones, las mismas responsabilidades ni la misma necesidad de mantener todo en marcha. Al principio, este espacio puede sentirse como un vacío. Podemos sentirnos desorientados, aburridos o incluso inquietos. A veces nos preguntamos si nos hemos equivocado simplemente porque la tranquilidad es muy diferente a lo que conocíamos.

Pero no es necesario llenar todos los vacíos.

Hay espacios que necesitan permanecer vacíos un tiempo para que podamos observar lo que aparece en ellos. Un deseo que no hemos escuchado en mucho tiempo. Un cansancio que no hemos tenido tiempo de sentir. Una tristeza que ocultamos con actividad. Una simple alegría para la que no hemos hecho espacio. O tal vez solo la necesidad de dejar de ser, por un tiempo, algo en particular.

En una cultura donde constantemente se nos anima a construir, crecer, desarrollarnos y hacer más, hay algo casi contracultural en no intervenir de inmediato. En dejar que las cosas se calmen. En aceptar que no todas las etapas de la vida tienen que producir algo visible.
A veces, lo que sucede en el interior no se puede medir con resultados.

Lo que es verdaderamente nuestro

Quizás es cuando algunas cosas se derrumban que podemos empezar a ver con mayor claridad lo que queda.
Lo esencial no siempre es aquello que hemos construido con el mayor esfuerzo. No es necesariamente lo que hemos considerado importante porque ha sido validado por otros, ni aquello que alguna vez nos propusimos ser.
A veces, lo esencial es mucho más simple.
Son las personas a las que no tenemos que demostrarles nada. Son los lugares donde podemos respirar tranquilos. Son las cosas que hacemos incluso cuando nadie nos ve. Son los valores a los que nos aferramos aunque nadie nos aplauda por ellos.
También hay partes de nosotros que no necesitan transformarse en un proyecto.
Quizás lo esencial se revela mejor cuando bajamos el ritmo. Al final del día, cuando ya no tenemos energía para seguir adelante, queda muy poco de la imagen que intentamos proyectar al mundo. Y quizás sea entonces cuando podemos ver con mayor claridad qué nos nutre y qué nos consume, qué nos acerca a nosotros mismos y qué nos aleja.

No todo lo que dejamos atrás tiene por qué ser visto como un error.

Algunas cosas eran adecuadas para una etapa determinada, pero ya no lo son para la actual. Una relación pudo haber sido importante y, sin embargo, terminó. Un proyecto pudo haber tenido sentido y, sin embargo, no continuó. Una versión de nosotros mismos pudo habernos protegido en el pasado y puede que ya no sea necesaria para nosotros hoy.
Reconocer esto no deshace lo que fue. Simplemente reconoce su lugar.

¿Qué queda cuando todo lo que no es esencial desaparece?

Quizás esta sea una de las enseñanzas más sencillas que nos brinda el otoño: no todo lo que cae se pierde. Algunas cosas se van porque ya cumplieron su ciclo. Otras se van porque ya no nos representan. Algunas se despiden con dificultad, tras mucha resistencia. Otras desaparecen casi sin que nos demos cuenta. Y tal vez no necesitemos saber de inmediato qué vendrá en su lugar.
Hay una forma de madurez en poder permanecer, por un tiempo, en un espacio que aún no tiene destino. Sin llenarlo de todo. Sin convertir cada final en un nuevo comienzo obligatorio. Sin exigir saber inmediatamente quiénes seremos después de dejar de ser lo que éramos. Quizás a veces solo necesitamos ver con mayor claridad.
Qué es lo que está vivo y qué seguimos apoyando. Qué nos pertenece y qué nos hemos apropiado. Qué nos nutre y qué nos consume, y especialmente qué elegimos y qué hacemos por miedo, costumbre o deber.
El otoño no nos pide que renunciemos a todo ni que nos convirtamos en otra persona. Simplemente nos muestra, con una sencillez que a menudo complicamos, que llega un momento en que las hojas deben caer. Y después de que caen, el árbol no queda vacío en el sentido en que lo vemos. Su vida continúa en un lugar que no podemos ver.
Quizás nosotros también necesitemos esos periodos a veces. No para crear algo nuevo, sino para regresar a lo que queda después de haber dejado de mantener vivo lo que ya no nos pertenece. Quizás allí, en ese espacio menos espectacular y menos visible, algo importante comience a tomar forma.

No necesariamente una nueva versión de nosotros mismos.

Pero uno más cercano a quienes somos.

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Alexandra Schianu

AUTOR DEL ARTÍCULO

ALEXANDRA SCHIANU

Alexandra Șchianu es psicóloga, terapeuta de regresión y coordinadora de la columna Glasul Sinelui en la revista TotUna. En sus escritos, explora la relación humana consigo mismo y con los demás, los mecanismos emocionales que dan forma a nuestras decisiones y esos momentos de la vida en los que lo que sentimos nos invita a mirar más allá de la reacción inmediata. Sus textos abren un espacio para la reflexión en el que la psicología se convierte en un camino de comprensión, asunción y acercamiento a la propia verdad interior.

psicoterapeuta

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